La verdadera
cercanía se descubre cuando vamos hacia el profundo torrente de nuestro río
interior y allí nos detenemos en ese paisaje que somos nosotros. Es ahí donde
se nos revela la unidad de la vida; el huevo biológico, las notas musicales y
el campo electromagnético que nos circunda.
La realidad
tangible se somete a las visiones y descubrimos ángulos, curvas, rectas
viajando en el espacio.
Amorfas construcciones derretidas, líquidas,
se escurren hasta ser las figuras sustentadas en contornos donde adquieren la certera
forma que nos permitirá nombrarlas.
Igualmente
ese nombre es un pretexto de la conciencia externa, que todo lo racionaliza,
que no logra ver pájaros en las vías de trenes subterráneos o estrellas en el
techo de una habitación, que circunscribe al sol y la luna la presencia del día
o de la noche.
Cuando
despegamos en alas del espíritu y volcamos en arte nuestro sentir, arribamos a
dimensiones que el alma sí conoce y nos invita a entrar.
Trasponemos
la puerta y ahí estamos frente a lo que somos, a la totalidad de nuestro ser traducido
en la palabra, en la música, en el color, en la infinita línea trazada en el
Espacio- Tiempo, el diseño que somos desde el Principio.
De todas
formas el raciocinio nos interroga y nos creemos una configuración de moléculas
que responden a un sistema abierto para su funcionamiento.
Y un acto de
fe o un sentido afinado de percepción nos permiten acceder a otras regiones de
nuestro propio ser para observar la otra cara del carbono: el diamante.
![]() |
| cinco sólidos de Platón |
En los cinco sólidos de Platón: tetraedro, cubo, octaedro, icosaedro, dodecaedro, la Espiral y el Árbol de la Vida haremos el viaje más sublime, el de encontrarnos a nosotros, habitantes de la trama, latiendo entre los seres y las cosas.

